Libros del solitario

Son objetos cotidianos y tranquilos en cuyo regazo se apacienta aún toda la sabiduría, toda la inquietud, todo el desastre y el triunfo de los hombres. Se percibe, en su olor y en su tacto, su calidad de testigos que pasan de un alma a otra, subrayada y multiplicada. En mi caso, son ellos, independientemente de su contenido, quienes retardan o apresuran el ritmo de la mañana y de la tarde.

Ellos son los pontífices: abaten, al abrirlos, sus puentes levadizos entre una y otra época, entre un país y otro, entre una y otra alma, y una y otra opinión. El lector necesita ser su cómplice; hundirse en ellos, colaborar con ellos, ofrecerse. A cambio recibirá lo mejor de otro ser: una compañía que no le habría proporcionado con su convivencia, por encima del espacio y del tiempo…
Algunos amigos se me unen y escoltan durante un largo trecho; consuelan mis decepciones; me hacen reír o sonreír; me contagian su impulso.

imagen-32

Pero a ellos sólo, desde que me conozco, no he dejado de ver ni un solo día. Ellos restañan, sin preguntarme
nada, mis heridas; a su través atisbo el origen del mundo y su proyecto, su profecía y su memoria; por ellos recibo mensajes de quienes vivieron en otra geografía y otro tiempo… Más accesibles que todos los grandes descubrimientos, más íntimos que cualquier religión, más duraderos que cualquier amor, más seguros y disponibles que todas las demás compañías… Se ha dicho: el fin de los libros ha llegado; los hombres aprenden escuchando y mirando; la imagen tomó posesión de la cultura. El solitario ve el aparato sordomudo, y acaricia, con ternura y devoción, los libros.
**Antonio Gala

Has dejado dicho, Antonio, que ellos, los libros, son los pontífices: abaten, al abrirlos, sus puentes levadizos entre una y otra época, entre un país y otro, entre una y otra alma, y una y otra opinión.
El lector necesita ser su cómplice. Y ahí se resume el gran secreto y el hallazgo de la palabra y de la lectura como aglutinadora de la imaginación, de la percepción, y de las emociones. El libro, en fin, como el gran conciliador entre la realidad y el ser humano; el libro como objeto humanizado que nos enriquece y nos libera de lo rutinario.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *