Lecturas para Laura

Cuartetas para cuatro cuartetos
(un preludio y una coda)

Para Laura pequeña, este jardín
con flores del tiempo, para que lo lea
al oreo intemporal que aspira siempre la poesía.

Preludio

En el jardín de Laura

SILBOS de luz conmovían

azul y blanca la adelfa:
al libro, Laura, del viento,

en el sopor de la siesta,
guirnaldas de tu vergel
un alma animan despierta.

Páginas agita y versos
del jardín predilecta
entre la brisa la flor
que pétalos hizo poemas.

En primavera

(Allegro)

A los extremos del mundo

alhelí exhala y violeta
el espejo donde el tiempo

eternidad se contempla.
Si de la vida no es verso
es de jazmines poema

el libro tuyo que lees,
mi niña, por primavera
en el silencio de un marco
música de las esferas.

Lectura estival

(Lento)

BAJO el sol sin movimiento

un alma de brumas densa:
a la sombra del jardín

marca lejana presencia,
entre el jazmín y la rosa,
el hibisco y la caléndula.

Lee, Laura, en el sopor
cristalino de la siesta
el verso que se desliza
de tus sueños centinela.

En el otoño

(Andante)

EN los anales del alma

amarillo y ocre se cercan
de amarantos el paisaje,

el corazón de lobelias.
En el pensil de los setos
se desliza una leyenda:

luz y sombra, sombra y luz
—dice entre las hojas secas—
que del fin hace principio,
del infinito frontera.

Lecturas de invierno

(Adagio)

TRAS el cristal del cauchil

heladas lunas se quiebran,
en el jardín crisantemos

y ciclámenes y anémonas
un halo exhalan de luz
sobre anturios y camelias,

cuando en las sombras dibuja
su geometría perpetua
el tiempo en crespas aristas
que eternidad emparenta.

Coda

(En la estación total)

CUANDO todas las corolas

eran versos sin poema,
el jardín cantó sus nombres

música en silencio ingenua:
para Laura estas lecturas
de jazmines y violetas,

de rosas y crisantemos,
de alhelíes y caléndulas,
porque en verdad su silencio
en los corazones suena.

**Francisco Acuyo

Seducida por la palabra, por los versos, Francisco, estas “Cuartetas para cuatro cuartetos” me trasladan a otro universo, como los “volanicos” —así llamábamos de chicos a los vilanos, los filamentos que coronan el fruto de algunas plantas y les sirven para que las semillas sean transportadas por el viento a otros lugares— que se dejan llevar planeando sobre el paisaje.
Abstraída, pues, en ese mundo tuyo de jazmines y de violetas, tu palabra me sirve para saberme más viva que nunca y para reconocerme distinta del resto de las criaturas de la naturaleza, en la medida en que mis sensaciones son sólo mías, particularmente mías,como son exclusivas las emociones que cada uno percibe en sus entrañas con la lectura de un relato o de unos versos.
En ese distingo, tal vez, está el gran secreto de la literatura, y el misterio del arte: la capacidad que la palabra y el hecho artístico tienen para conmover, para inquietar, para despertar distintos sentimientos y múltiples y diferentes matices en cada uno de los lectores y espectadores.

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