A Harold Bloom

Hay siempre algo muerto en lo escrito, algo como de sonrisa congelada, o esperanza nunca cumplida o llanto mudo que no termina o alegría restallante que estúpidamente persiste en su mueca absurda, algo como de fotografía, de instante grapado, de flash back interrumpido. Realmente los escritores son enemigos del tiempo, incansables canteros luchando contra una erosión inexorable. Todo empezó hace mucho y cabe preguntarse si algo ha cambiado, si las metáforas siguen siendo las mismas, si su entonación diversa ha diversificado su naturaleza, si las escribió realmente su autor o las escribimos al leerlas o al leerlas escribimos las nuestras o al escribir leemos las de siempre. Si la historia de lo escrito es la historia imposible de un solo instante que gira como una peonza obsesiva que interpreta siempre la misma historia y, seductora, nos evita transformarla.

Cuánto de lo que he escrito me pertenece. Cuando escribo, qué quiero conseguir. Y cuando he escrito, qué es lo que valoro. Cuánto de lo que está literalmente escrito debo a lo que no está escrito en el mismo texto pero es anáfora de lo ya escrito en otros textos. Cuánto de los otros textos había en mi cabeza antes de escribir mi propio texto. Humildemente creo que todo escritor se ha planteado en algún punto del camino ser escritor y se ha respondido, sistemáticamente, en un acto reiterado y siempre el mismo, como las olas en la orilla, siempre recomenzadas, según un parámetro elaborado inconscientemente, sedimentado lentamente como el limo de un pantano o el remanso de los deltas, que ese escritor posee un rostro fragmentario, reconstruido de anteriores rostros ajenos que hemos querido, o hemos podido, escoger. Escribimos para entrar en el club, ese club legendario elaborado por la gratuita elección de mis lecturas. Ese rostro frankensteiniano está fantasmagóricamente detrásde mis textos, los determina, selecciona mis palabras, las empuja como méritos para ser admitido en la selecta sociedad secreta como miembro de pleno derecho. Al final el club era como todos los clubes, con sus reglas y sus ceremonias, sus levitas y sus tiralevitas, sus hipocresías y, a veces, sus verdades, su deleite y sus tasas mensuales y económicas, y hasta su seguro de enfermedad por trastorno literario o brote de originalidad. La tradición. La maldita tradición que nos enseñaron a amar con doliente amor filológico. Todo es un rancio olor de casino de pueblo. El rostro deforme que escribe mis textos siempre pertenece al pasado y hace de mí un onanista enfermizo que palidece y se nubla en la vanagloria de las eternas starlets de los calendarios literarios, no muy diversos de los que anidan en las paredes sucias de los talleres mecánicos.

Se agradecen, eso sí, los esporádicos espectáculos de socios poseídos por repentinos ataques de ansiedad y asfixia que se desgarran públicamente intentando desgarrar las abigarradas cortinas de su coqueto teatro de provincias. Es triste escribir como sujeto que es sujeto de la historia porque ese fue un proyecto histórico de construcción que ya habita en la historia. Lo peor del club son los advenedizos, los arribistas, los literatos, los académicos o los locos reinsertados que, hijos pródigos, exhiben frac y medallón como paletos inflándose a cubatas en la barra libre de las bodas.
Es decir, los que van orgullosos de sujeto inflado, hipertrofiado, anclado en la estulticia anacrónica sin percibir el bochorno ambiente parapetados en el pienso bien dosificado de las fuerzas vivas: el boticario, el médico, el alcalde, el director de la caja de ahorros, el catedrático de turno, el rector o su tía de américa. Todos los caminos, también los imitados y los contaminados, han sido trazados. La literatura (aun me tiemblan las piernas y los labios como entonces, qué curioso) no ha existido siempre. Todo lo demás es literatura. Somos (homo lector) un estadio evolutivo, un taxón que se extingue y anida en los zoológicos de la era literaria suplicando una golosina, una cita, a través de los barrotes, en el último hueco de los epígonos de la historia de la literatura, esa que se regala con los yogures y tiras en la papelera, ya libre, al doblar la esquina.
**Antonio González Vázquez

Las palabras, Antonio, como las frases y los versos y los cuentos y las novelas, quizá tengan vida propia, y acaso no sean ni de quien las escribe ni de quien las lee, aunque eso sí, en cada caso tal vez ocupen matices y significados particulares. Por eso, la misma historia puede escribirse de muy distintas maneras. Y por eso el mismo relato puede percibirse de formas muy diferentes.
Y probablemente las metáforas no sean las mismas, ni las palabras signifiquen lo mismo que significaron cuando las pronunciaban nuestros antepasados. Es posible que siempre haya algo muerto en lo escrito, y es posible que en ese trance se renueve el lenguaje, y en esa transformación se produzcan nuevos cambios en el ser pensante. ¿Hasta qué punto, Antonio, el lenguaje es decisivo en la revolución intelectual del ser humano?
  ¿Y cómo podré yo privar a ese caballero del único motivo de gozo que le queda en el mundo?”, se  preguntaba la noble dama” ¿Cómo podré pedirle ese halcón que le procura el sustento?

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