{"id":143,"date":"2009-06-07T00:36:28","date_gmt":"2009-06-06T22:36:28","guid":{"rendered":"http:\/\/www.editorialtleo.com\/blog\/?p=143"},"modified":"2009-10-05T00:41:50","modified_gmt":"2009-10-04T22:41:50","slug":"libros-del-solitario","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.editorialtleo.com\/blog\/?p=143","title":{"rendered":"Libros del solitario"},"content":{"rendered":"<blockquote><p>Son objetos cotidianos y tranquilos en cuyo regazo se apacienta a\u00fan toda la sabidur\u00eda, toda la inquietud, todo el desastre y el triunfo de los hombres. Se percibe, en su olor y en su tacto, su calidad de testigos que pasan de un alma a otra, subrayada y multiplicada. En mi caso, son ellos, independientemente de su contenido, quienes retardan o apresuran el ritmo de la ma\u00f1ana y de la tarde.<\/p>\n<p>Ellos son los pont\u00edfices: abaten, al abrirlos, sus puentes levadizos entre una y otra \u00e9poca, entre un pa\u00eds y otro, entre una y otra alma, y una y otra opini\u00f3n. <strong>El lector necesita ser su c\u00f3mplice; hundirse en ellos<\/strong>, colaborar con ellos, ofrecerse. A cambio recibir\u00e1 lo mejor de otro ser: una compa\u00f1\u00eda que no le habr\u00eda proporcionado con su convivencia, por encima del espacio y del tiempo\u2026<br \/>\nAlgunos amigos se me unen y escoltan durante un largo trecho; consuelan mis decepciones; me hacen re\u00edr o sonre\u00edr; me contagian su impulso.<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-144\" title=\"imagen-32\" src=\"http:\/\/www.editorialtleo.com\/blog\/wp-content\/uploads\/\/imagen-32.png\" alt=\"imagen-32\" width=\"353\" height=\"255\" srcset=\"http:\/\/www.editorialtleo.com\/blog\/wp-content\/uploads\/imagen-32.png 441w, http:\/\/www.editorialtleo.com\/blog\/wp-content\/uploads\/imagen-32-300x217.png 300w\" sizes=\"(max-width: 353px) 100vw, 353px\" \/><!--more--><\/p>\n<p>Pero a ellos s\u00f3lo, desde que me conozco, no he dejado de ver ni un solo d\u00eda. Ellos resta\u00f1an, sin preguntarme<br \/>\nnada, mis heridas; a su trav\u00e9s atisbo el origen del mundo y su proyecto, su profec\u00eda y su memoria; por ellos recibo mensajes de quienes vivieron en otra geograf\u00eda y otro tiempo\u2026 M\u00e1s accesibles que todos los grandes descubrimientos, m\u00e1s \u00edntimos que cualquier religi\u00f3n, m\u00e1s duraderos que cualquier amor, m\u00e1s seguros y disponibles que todas las dem\u00e1s compa\u00f1\u00edas\u2026 Se ha dicho: el fin de los libros ha llegado; los hombres aprenden escuchando y mirando; la imagen tom\u00f3 posesi\u00f3n de la cultura. <strong>El solitario <\/strong>ve el aparato sordomudo, y <strong>acaricia<\/strong>, <strong>con ternura<\/strong> y devoci\u00f3n,<strong> los libros<\/strong>.<br \/>\n<em>**Antonio Gala<\/em><\/p><\/blockquote>\n<p>Has dejado dicho, Antonio, que ellos, los libros, son los pont\u00edfices: abaten, al abrirlos, sus puentes levadizos entre una y otra \u00e9poca, entre un pa\u00eds y otro, entre una y otra alma, y una y otra opini\u00f3n.<br \/>\nEl lector necesita ser su c\u00f3mplice. Y ah\u00ed se resume el gran secreto y el hallazgo de la palabra y de la lectura como aglutinadora de la imaginaci\u00f3n, de la percepci\u00f3n, y de las emociones. El libro, en fin, como el gran conciliador entre la realidad y el ser humano; el libro como objeto humanizado que nos enriquece y nos libera de lo rutinario.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Son objetos cotidianos y tranquilos en cuyo regazo se apacienta a\u00fan toda la sabidur\u00eda, toda la inquietud, todo el desastre y el triunfo de los hombres. Se percibe, en su olor y en su tacto, su calidad de testigos que pasan de un alma a otra, subrayada y multiplicada. 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